11/8/09

COMPETENCIAS DOCENTES Y COMPETENCIAS DEL BACHILLER


El aprender dentro de una institución educativa nunca había tenido tanta relevancia como la tiene ahora, en estos momentos de cambios globalizados, cuando la humanidad enfrenta grandes retos en todos los rubros que conforman las sociedades. Y estos cambios, además, tienen que ser unificadores, comprendiendo el desarrollo sustentable del mundo en el que vivimos.

Algunos países se han dado a la tarea de modificar lo que ellos consideran los puntos medulares en el accionar de su organización. Y este punto medular se refiere a la educación. Entonces, concentran todos sus esfuerzos en el perfeccionamiento de su sistema educativo central.

Tal es el caso de México. En la presente administración, ha diseñado una reforma en el nivel medio superior que conducirá, en principio, al alcance de oportunidades para todos los aspirantes de bachillerato, puesto que las generaciones inmediatas serán, en su mayoría, fluctuantes en edades de entre trece y dieciocho años.

La reforma en sí, posee muchas virtudes. Se basa en competencias que expresan el perfil del docente y que, en teoría, beneficiaran a su vez, las competencias genéricas del egresado de la educación media superior.

El éxito de tal reforma dependerá tácitamente de la planta docente del sistema y del modo en que ésta enfrente los retos por venir. En primer lugar, el reconocimiento de sí mismos y de los posibles atributos con los que se cuenta para poder enfrentar de manera óptima a las nuevas generaciones de adolescentes con todo y su carga emocional y de desarrollo personal.

Ante esto, el profesor debe tener la capacidad de aceptar aciertos y errores con los que se ha conducido en los últimos años dentro del salón de clases. Ambos rubros son importantes. Porque tanto los aciertos como los descalabros, motivan a seguir adelante. Los primeros ayudan a sentirse integrado a una comunidad estudiantil, a tener sentido de pertenencia, a sentirse, en pocas palabras, útil a la sociedad. Los yerros son más difíciles de aceptar, por lo tanto, habrá que atender una serie de ejercicios de autoevaluación para poder detectarlos, asimilarlos y atenderlos con oportunidad.

Con vocación pedagógica o sin ella, los profesores nos conducimos, en la mayoría de los casos con suficiente ética para llevar a cabo una labor harto difícil. Las competencias con las que contamos, ya sea desde nuestra formación profesional, o en el ámbito estricto de la experiencia en el aula, nos van guiando hacia un crecimiento social, cultural y por ende económico, que las más de las veces es poco perceptible a corto plazo; es decir, los resultados de nuestra dedicación hacia la enseñanza se verán reflejados en lo social dentro de algunos años más, cuando las generaciones que nos preceden apliquen tales conocimientos y valores en su conducta de entonces.

Por todo lo anterior es que tiene sentido la relación que se intenta establecer entre las competencias del docente con las competencias del bachiller. Una no puede ser concebida sin la otra. Ciertas características que definen a un profesor incidirán en la formación de los estudiantes con los que se relaciona directa e indirectamente. Es decir, si un maestro tiene la capacidad de interrelacionarse de manera adecuada y trabajar en equipo con un grupo de colegas, el alumno aprenderá de esta experiencia a través de la actitud coherente de este formador.

Y aquí es donde hay que enfatizar la situación. La coherencia en el quehacer profesional y aún personal de los profesores es muy importante en primera instancia, porque define la credibilidad que los muchachos tendrán hacia tal o cual docente. En este sentido, difiero un tanto de la concepción idealista con que Perrenoud profundiza acerca del futuro de la humanidad en el plano educativo.

Si bien es cierto que no existe una certeza fija del terreno hacia donde nos movemos, no creo que el sistema educativo se modifique demasiado en cuanto a la necesidad de contacto humano para ser llevada a cabo con calidad.

Tal vez sí cambie dramáticamente en la infraestructura y en la propia estructura del sistema sobre los planteamientos de programas y planeaciones, pero desde mi perspectiva, siempre será imprescindible un formador que determine el camino a seguir para lograr el aprendizaje adecuado que sea sustentable con el desarrollo del ser humano, sea en este siglo o en el siguiente.

Por tanto, el papel que desempeña el profesor en una sociedad cada vez más abrumadora, es definitivo en la creación de valores y competencias que delimiten las conductas de los nuevos ciudadanos que intentamos conformar. La tarea no es fácil, pensando en lo que nos corresponde hacer. A mi juicio, lo primero es detectar las capacidades con que se cuenta y las carencias al mismo tiempo para, de ese modo, enfrentar los retos que estas nuevas generaciones significan.

Lo segundo tendrá que ver con la formación profesional y el nivel de compromiso con que se enfrenten esos retos. Estar conscientes de que el aprendizaje es una tarea conjunta y que no empieza ni termina en el salón de clases, tan solo somos una parte diminuta de un conjunto dimensionalmente monstruoso llamado sociedad.

28/7/09

OPERACIÓN DRAGÓN

OPERACIÓN DRAGÓN
(ENTER THE DRAGON)

A más de treinta años de su última película, Bruce Lee es toda una leyenda en el medio de las artes marciales y un referente obligado para el género.

Maestro estricto en su disciplina deportiva, también lo es en el plano actoral y detrás de la cámara. Así mismo plantea y replantea las coreografías de cada una de las escenas que implican lucha entre dos o más contendientes, como establece los encuadres que definirán la composición de sus películas.

El caso específico de Operación Dragón, que vio la luz allá por el año de 1973, y que el propio Bruce Lee no presenció en su estreno, representa un icono dentro de la cinematografía mundial y, es a la fecha, punto de partida para los nuevos realizadores que se incluyen en el género de las artes marciales. Jet Li o Jackie Chan, Chuck Norris en su momento o el propio Jean Claude Van Damme, han recreado o retomado al menos algunas secuencias que se vieron por primera vez en esta gran película, que por cierto ya tiene elementos de producción hollywoodense, a diferencia de las primeras realizaciones de Lee que fueron llevadas a cabo en Hong Kong básicamente.

Hubo que conjugar un gran número de elementos para llevar a buen término esta historia original, que si bien no es secuela de ninguna otra realización de Lee, tiene su marca implícita. Posee la carga filosófica de las artes marciales que a su vez contiene toda una tradición milenaria oriental, basada en la eterna lucha entre el bien y el mal.

Operación Dragón transcurre fiel a este precepto. Por un lado, el bien representado por nuestro protagonista, que está del lado de la justicia y que es reclutado por el jefe de una policía que no ha podido resolver el caso ya arraigado de lenocinio por parte de un villano que ha sabido encubrir sus actividades ilegales dentro de una isla de difícil acceso. Y es precisamente este personaje quien le da cabida a nuestro fiel protagonista al organizar un torneo de artes marciales en su isla privada con el fin de divertirse.

El jefe de la policía infiltra a Lee como participante de dicho torneo para de ese modo tener información de primera mano acerca de la actividades proxenetas y de producción y distribución de estupefacientes en tal lugar. Junto con él, pero sin saber el verdadero sentido de incursión en el torneo, acuden los mejores peleadores de diferentes partes del mundo, tanto americanos, ingleses o neozelandeses, incluyendo a un viejo conocido del señor Lee que años atrás provocó el suicidio de su hermana, y por supuesto, qué mejor momento para de paso, aprovechar una posible venganza.

El trayecto hacia la isla ofrece una secuencia que sirve de pretexto para conocer las características de los demás protagonistas. Tanto sus virtudes físicas, luchísticas o mentales son conocidas por el espectador en esta especie de barcaza que los transporta sobre las aguas del río amarillo, para de ese modo, tomar partido y preferencia por alguno de ellos.

La llegada a la isla es motivo de agasajo por parte del anfitrión que no ha cejado en su afán por mantener impune su núcleo de poder a base de derroche ostentoso de viandas. Las hostilidades comienzan al día siguiente. Se enfrentan de acuerdo a un rol preestablecido del cual resulta el esperado encuentro de viejos conocidos.

Lee da cuenta de su oponente saldando una deuda familiar pendiente. Sin esto, no hubiese sido posible la concentración hacia la tarea por la cual fue enviado a la isla. Nuestro héroe hurga los lugares recónditos a medianoche para descubrir lo ya conocido, una impresionante red de tráfico de estupefacientes y trata de blancas.

Descubierto y confundido por los guardias, el anfitrión ofrece una lección al sacrificar a uno de los contendientes que le parecía sospechoso. Ante este hecho Lee parece no inmutarse, puesto que se trata de una baja en la batalla contra la injusticia, que a final de cuentas es el objetivo primordial.

La liberación de los presos no se hace esperar y comienza la contienda final de todos contra todos. Educados con la filosofía oriental, absolutamente el regimiento completo, hombres y mujeres, tienen nociones de artes marciales. Por supuesto, el pez gordo está reservado para el señor Lee.

Una de las secuencias más memorables, para mi gusto, se realiza en el cuarto de los espejos. Las garras con las que se vale el antagónico para pelear son un protagonista más en el final. No podría ser de otro modo, la sangre que emana de las heridas provocadas por los muñones metálicos, acentúa la ira y la sed de justicia del personaje encarnado por Bruce Lee. Al verse inmerso en ese espacio asfixiante donde su propio reflejo le revela lo que él mismo ha llegado a ser, le cuesta trabajo contender no contra su oponente, sino contra sus propios miedos, aunque en la pantalla se da muestra de lo contrario.

Una patada, de esas que sólo Bruce Lee es capaz de dar, termina con el tirano que sucumbe atravesado por su lanza, previamente encajada en la pared. La policía hace su aparición, la torpeza del escuadrón no ha sido obstáculo para el desenlace de esta historia que se ha mantenido, a lo largo del tiempo como una de las favoritas de los amantes de las artes marciales.

Bruce Lee encarga la dirección de esta película a alguien que sabía exactamente con precisión lo que se necesitaba plasmar en la pantalla. Involucrado y coordinado hasta el mínimo detalle con Robert Clouse, se dan a la tarea de establecer primeramente un guión acorde a las posibilidades del nuevo género que surgiría en Hollywood a partir de este filme.

En realidad, la trama no ofrece más allá de una historia de espionaje con cierta carga de adrenalina que ofrece el boxeo chino. Coreografiada de manera meticulosa, tal como lo había hecho Lee en anteriores ejercicios fílmicos, la película muestra la lucha entre el bien y el mal, donde nuestro héroe representa las bondades de la humanidad y donde se privilegia el aspecto mental de todo hombre cabal.

El guión se traduce en una serie de Flash Backs que van ligando la historia desentrañándola a partir de secuencias abiertas que ubican al espectador en ciertos momentos que viven los personajes, para de ese modo ir descubriendo la breve historia que pesa sobre sus hombros y el posible desenlace de la misma en cada uno de ellos.

Las tomas son en su mayoría abiertas. El trabajo fotográfico no es nada del otro mundo. La paleta de colores es vasta y se consigue con ello dar cuenta de las dimensiones, en su momento, de la isla, dando la impresión de magnificencia terrenal. En el caso del viaje sobre la barca que conducirá a los peleadores al destino referido, se aprovechan las cualidades de luz en río abierto.

Los encuadres de las contiendas son meticulosos en función del despliegue técnico-plástico que intenta mostrar Bruce Lee acerca de las virtudes del boxeo chino y la destreza con que se puede ejercitar esta disciplina; es decir, la cámara está al servicio de las artes marciales. Cada toma es repetida una y otra vez si es que el resultado no es satisfactorio y convincente desde el punto de vista de la veracidad en los golpes.

Lee es exigente. Sabe lo que busca. Tiene que demostrar al mundo, con esta producción, lo que es capaz de hacer con su mente, manos y pies. Y sin quererlo realmente, ni darse cuenta, está creando una escuela que a la larga dará sus frutos con los alumnos más reconocidos del medio hollywoodense, que incluyen, entre otros al mismo Steve McQuinn.

El trabajo actoral también está al servicio de la producción y cumple de modo simple su papel. Los extras contribuyen al desarrollo coreográfico general colaborando cual soldados disciplinados en cada toma. Resulta interesante aquí ver a un Jackie Chan de extra en sus primeros años recibiendo los golpes del maestro durante la liberación de los presos. (Lo que hace después este jovenzuelo en el medio cinematográfico no debe sorprendernos pues tiene absolutamente la influencia necesaria para montar sus propias historias y sus propias coreografías.)

Ante todo, incluyendo la nostalgia consabida, tenemos el ejemplo de un clásico que perdurará generación tras generación, con su debida carga emotiva que provoca al más incauto de los espectadores. Operación Dragón es ya un ícono que remite a aquellos años setenta con todo el orden social que lleva implícita tal década.

Filosóficamente hablando Bruce Lee abre las puertas hacia un mundo aún inexplorado en ese entonces, pero que en la actualidad goza de generosa salud y tiene para muchos años más.

OPERACIÓN DRAGÓN
(ENTER THE DRAGON)

Estados Unidos, 1973
Dirección: Robert Clouse
Guión: Michael Allin
Reparto: Bruce Lee, John Saxon, Ahna Capri






11/7/09

KILL BILL
La Venganza
Vol. 1


El más reciente trabajo del afamado cineasta Quentin Tarantino, da muestra una vez más del tremendo oficio que ha forjado en su naciente carrera, considerando que apenas es el cuarto ejercicio cinematográfico que escribe y dirige. Desde la incipiente “Reservoir Dogs” (Perros de Reserva), su ópera prima, se nota ya un claro lenguaje que no ha terminado de forjar.

Muy pronto se graduó en el arte de la cinematografía con su estupenda labor en “Pulp Fictión” (Tiempos Violentos); haciendo gala de recursos lingüísticos, tanto literarios como visuales, dando un vuelco en la producción hollywodense que hasta entonces se antojaba poco remunerable. Y es que Tarantino sólo depende de él mismo, de su propio discurso, establece un diálogo interno con las imágenes para luego mostrarlas estructurándolas virtuosamente mediante el montaje.

“Jackie Brown”, para mi gusto, supone un trabajo meramente personal, preparativo para las siguientes producciones. Pero qué trabajo. Nuevamente la estructuración de esta pieza, depende en absoluto de un detallado guión, majestuosamente montado, que da como resultado una trama aderezada de soporífera tensión, con un Samuel L. Jackson estupendo de principio a fin.

Además de esto, Tarantino ha incursionado en algunas otras historias, dejando huella palpable de su toque personalísimo donde la violencia humana sólo es el pretexto para definir una sociedad en decadencia, carente de valores, supeditada a los medios masivos de comunicación, de alguna manera robotizada, si es que vale la expresión; mecánica y absurda. Tal es el caso de aquella película de Oliver Stone que Tarantino gestó: “Natural Kill Born” (Asesinos por Naturaleza).

En su cuarta incursión dentro de las pantallas, y después de haber generado tantas expectativas en cuanto al trabajo realizado con anterioridad, Tarantino da muestra, una vez más, de su visión acerca del mundo absurdo que se ha creado a partir de las producciones masivas que han influido sobremanera en un contexto social cada vez más deplorable.

Pero no es una denuncia, tampoco un llamado de atención a las conciencias. Simplemente es un divertimento personal que surge de lo más interno de su imaginería. Construye una realidad que sólo su mente puede forjar a través de personajes salidos de historietas mal habidas. También recurre a la temática de la mafia y los bajos fondos, haciendo uso de leyendas orientales para ir constituyendo pasajes irrelevantes que sólo influyen en el círculo donde se llevan a cabo.

La historia de Kill Bill está construida a partir de un núcleo gestado desde lo más absurdo y relegado de la sociedad. Un grupo de matones a sueldo comandados por Bill (David Carradine), someten y asesinan el día de su boda a una absuelta Beatrix Kiddo, “la novia” (Uma Thurman), quien fuera parte de este comando meses atrás. Creyéndola ultimada por un balazo en la cabeza que el mismo Bill propina a su ex-compañera, abandonan el templo religioso donde se lleva a cabo tal masacre.

La película da inicio precisamente con este pasaje: jadeos, pisadas, rechinidos de piso, diálogo de redención y venganza al mismo tiempo, Uma Thurman en primer plano bañada en sangre y el sonido de un disparo que provoca el inmediato contacto con el espectador en la sala de cine para ya no soltarlo. Una presentación al estilo Tarantinesco. No podía haber sido de otro modo.

“La novia” despierta de un coma de cuatro años provocado por la violencia a la que fue sometida, e inmediatamente se dedica a la búsqueda incansable de sus agresores para saciar su venganza. Por el momento no la impulsa otro motivo. Beatrix Kiddo hace gala de todos sus conocimientos en artes marciales para escapar del hospital, desde marrullerías con el enfermero hasta el manejo-control de la mente para mover sus músculos adormecidos por la inmovilidad padecida.

Nuestra protagonista aún posee el temple de asesina que la acompañó durante tantos años. Y no duda ni un momento. Sin importar fronteras u obstáculos comienza la búsqueda. La trama nos conduce hasta la casa de Vernita Green (Vivica A. Fox), otrora miembro de la “Escuadra Mortal Víbora Letal”, nombre con el que se conocía el grupo de Bill. Después del recuento de los daños, la bella Beatrix da cuenta de su segundo enemigo en la lista.

Previamente en la historia, y posteriormente en el desarrollo de la película, la novia habíase encargado ya de la primera clasificada, O–Ren Ishii (una estupenda Lucy Liu), durante un viaje al Japón, puesto que la antes citada era nada menos que la jefa de la mafia en aquellos lugares. La película, en esta primera entrega, depende en su totalidad de esta situación: la parada en Okinawa y la visita a Hatori Hanzo. Es uno de los momentos más respetuosos y solemnes de la cinta. La elaboración, a regañadientes, de una espada samurái por las manos hábiles y la maestría artesanal de Hanzo.

A partir de este momento comienza un vertiginoso viaje visual donde encontramos de todo, artes marciales, trajes llamativos, música pegajosa, ironía, venganza, libertinaje, banalidad y sangre, mucha sangre, muchísima sangre. Pero contrario a lo que pareciera una carnicería humana, la propuesta coreográfica y escenográfica del realizador nos conduce por caminos insospechados. Experimenta mutilaciones que rayan en lo inverosímil, la protagonista, en su carrera desenfrenada hacia la venganza, se convierte en una heroína en tanto va liquidando, uno a uno, a la centena de enemigos que se va topando, antes de terminar, mano a mano con O-Ren Ishii, a quien, en una secuencia de antología en la nieve, asesina de un tajo en la cabeza.

Finalmente, Beatrix Kiddo, se entera por medio de Sophie Fatale (bellísima Julie Dreyfuss aún mutilada del brazo), sobre la existencia de su hija de cuatro años, quien fue arrancada de su vientre por el mismísimo padre: Bill. Entonces empieza a cambiar el destino de la novia, no así su objetivo principal, vengarse de todo el Escuadrón Mortal encabezado por el antes citado.



La realización de esta magnífica pieza nos da un referente del por qué Tarantino se ha convertido en uno de los directores con mayor influencia conceptual y visual de los últimos años. En primer lugar, el hecho de dividir en dos volúmenes y por consiguiente en dos estrenos una obra que, reunida, tiene una duración que alcanza las cuatro horas. Atinadamente concibe así la entrega, sabiendo de antemano que por sí mismos cada uno de los volúmenes ofrece una historia original que no depende del otro para existir.

En el caso de esta primera entrega, tan esperada por los seguidores fieles de este realizador, la película se sustenta con el montaje de la escena en el bar donde tocan las 5,6,7,8’s. Tal secuencia se filmó haciendo gala de recursos técnicos que anteriormente no habíamos visto en su obra.

En esta ocasión la apuesta es totalmente visual. Cada toma, cada encuadre, está debidamente exigido y resuelto. No se diga la meticulosa coreografía en las escenas de pelea con la espada samurái y cómo se va generando la tensión en el espectador cada vez que nuestro personaje principal es exigido con un nuevo contrincante, ya sea de a uno por vez u ochenta y ocho al mismo tiempo.

De nuevo, la herramienta Tarantinesca más recurrente: el montaje. Resultado de un guión original que parte de una historia sin igual, cada secuencia está resaltada por medio de capítulos que van entretejiendo tan singular trama. De este modo, vemos al inicio de la película los hechos más relevantes, y durante el desarrollo, la historia se va narrando sola, con la ayuda de un público que se convierte, sin advertirlo, en el constructor de un rompecabezas inteligentemente planeado.

Da la impresión, en un momento dado, de que cada secuencia-capítulo es una historia en sí misma. Podrían fácilmente aislarse y presentarse como un corto con una carga psicológica sustentada y aislada del resto de la obra.
Sin embargo, la coherencia formal expuesta desde el inicio, nos va conduciendo y haciéndonos participantes activos dentro de la pantalla. Tarantino juega con todos estos recursos sin empacho alguno. La exagerada propuesta gráfica con escenas que van de lo cruel a lo caprichoso e incluso a lo ridículo, es tan sólo un elemento más en el lenguaje del autor.

Nos regala sangre al por mayor, su imaginación no tiene límites. Los aspectos técnicos para la ejecución y filmación de cada toma permite un regodeo actoral al momento de las mutilaciones, que, dicho sea de paso, están debidamente resueltas con efectos que, a veces, parecieran expuestos adrede. Cada corte de algún miembro por la espada samurái “Hanzo”, implica sangre a borbotones. Fuentes humanas que despiden líquido rojo y llenan la pantalla.

Por otro lado, el cineasta se permite una incursión animada que sorprende a la mayoría, pero que la deja pasmada, no por su contenido cruel y salvaje, sino por el hecho de la incursión misma en un ámbito al que no estamos acostumbrados, parodiando y celebrando al mismo tiempo este recurso tan usual en oriente, a propósito, en este caso, de la historia de la japonesa-china-americana O-Ren Ishii.

El resultado de este ejercicio es visualmente acertado, armonizando en todo momento con el resto de la obra. A estas alturas, Tarantino se permite hacer de todo, la diversión a flor de piel, y cómo podría explicarse tal ejecución si no. En conclusión, esta primera parte arroja evidencia palpable de que una pieza cinematográfica puede ser causante de provocar estados de ánimo diversos en un solo momento. El cine no podría ser de otra manera.



KILL BILL
Vol. 1

Estados Unidos, 2003
Dirección: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Reparto: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Michael Madsen, Daryl Hanna, David Carradine
Edición: Joe D’Augustine
Fotografía: Andrew Cooper








KILL BILL
La venganza
Vol. 2



Esta entrega es la continuación, la secuela, o incluso podría verse como una película independiente de la anterior por su elaboración predispuesta a ello. Aquel que mirase primero el volumen 2 y después el volumen 1, quedaría igualmente satisfecho y sin confusión alguna, porque cada película contiene su propia narración, su propia estructura y su propio lenguaje sin demeritar una de otra y complementándose también en una sola.

El inicio es el mismo. Un disparo en la cabeza de Beatrix Kiddo nos sugiere lo que vendrá después. El rompecabezas de secuencias visuales se va estructurando ahora con el capítulo seis, que presenta el desarrollo de la boda en una capilla de Texas. La escena es ridícula: la novia, otrora asesina internacional a sueldo, ahora está embarazada y a punto de casarse con un don nadie. Bill aparece y minutos después la escuadra Mortal Víbora Letal abre fuego contra todos los ahí presentes, incluido el reverendo.

La venganza, después de cuatro años en que la creyeron muerta, sigue su curso. Toca el turno de Budd (Michael Madsen, impecable), hermano de Bill, un sujeto sin ambiciones y solitario, predestinado al autoexilio, un pobre diablo sin el cobijo de la Escuadra Mortal.

Contrario a lo que esperaba, la novia cae en poder de Budd por medio de un disparo en el pecho con salvas de sal. Es enterrada viva, pero nuestra heroína sale avante gracias a sus extensos conocimientos y práctica en el arte marcial aprendidos en su momento en una cruel instrucción con el maestro Pai Mei. Y es en esta parte donde Tarantino brinda una especie de homenaje a este tipo de películas que tuvieron en su momento una espectacular acogida en toda clase de público, y que se producían a montones en Hong Kong primero y en Hollywood después.

El hecho de incursionar con esta temática permitió a Tarantino darse el lujo de contar en el reparto con figuras que fueron leyendas en el medio de las artes marciales. Las referencias son muy evidentes, a grado tal de tener en el papel principal a un David Carradine rescatado en el tiempo y que años atrás protagonizara la exitosa serie televisiva “Kung Fu”; que por cierto, supuso un pleito actoral con el mismísimo Bruce Lee que reclamaba derecho de piso para el protagónico.

De vuelta a la trama del volúmen 2, Budd contacta a la cuarta en la lista de Kiddo, la bella cíclope Elle Driver (Daryl Hanna) quien ya había tenido un intento fallido de asesinar a su rival y ex – compañera en la primera parte cuando la novia aún estaba en coma; secuencia que se hizo famosa gracias al silbido que acompaña la escena y que caracterizaría, junto con la música de “The 5,6,7,8’s” este impecable trabajo cinematográfico.

A cambio de un razonable millón de dólares, Budd ofrece el sable Hanzo de Beatrix a una ambiciosa y elegante, pero poco práctica, Elle Driver. La traición de Driver hacia su ex – compañero sólo confirma su naturaleza mezquina. Irónicamente permite que sea una Mamba Negra la que ultime al don nadie, y es que el sobrenombre que usaba Beatrix Kiddo en la Escuadra Mortal de asesinos era precisamente Black Mamba.

Creyéndose exitosa en la empresa, la bella cíclope emprende la huída pero termina enfrentando a una rabiosa novia que, al enterarse del motivo por el cual su contrincante perdió uno de sus hermosos ojos azules, acaba con ella arrancándole de un letal movimiento el segundo globo para dejarla completamente ciega. No era para menos, el maestro Pai Mei había sido envenenado por la ahora imposibilitada Elle.

Finalmente se da el cara a cara. La búsqueda ha llegado a su fin. Los protagonistas enfrentan sus miedos, exponen sus razones, exigen explicaciones, todo ello aderezado con la presencia de la pequeña hija de ambos. Una secuencia fundamental para la culminación y el punto final de la obra pero que en ciertos momentos cae en el sopor, a pesar del acertado discurso comparativo que hace Bill de Beatrix con Supermán, y a pesar también del encuentro entre madre e hija que contactan de manera natural. Es un discurso largo, necesario sí, pero que corta de tajo la emoción creciente de la historia.

Black Mamba ha tenido éxito. Matar a Bill. Kill Bill.


Para esta entrega el director se concentra en la estructuración de la obra. El trabajo de edición resulta de suma importancia en la presentación final de la película. Y qué labor. Armar este intrincado pasaje de escenarios que suponen horas y horas de filmación, cortes, adiciones, no es tarea fácil.

Pero gracias a la visión metódica de Tarantino y el equipo de filmación, se logra un efecto visual que pocas veces se habían visto en pantalla. Si acaso “Pulp Fiction”, que ya había sentado precedentes.

Por otro lado hay que mencionar el esfuerzo compartido de todo un equipo de producción que trabajó coordinadamente para lograr el resultado adecuado. Los coreógrafos de combates con y sin espadas, las horas de ensayo, el aspecto fotográfico que tal vez pasa desapercibido, pero que aporta la característica esencial y puntualiza el discurso visual en los momentos determinantes, ya con tomas abiertas de parajes, ya con acercamientos de primeros planos o aún encuadres con lentes macro para dar sensaciones sofocantes como es en el caso de los clavos del ataúd donde Kiddo es enterrada viva.

El diseño de producción, la escenografía y el trabajo actoral así como el maquillaje no permiten prejuicios de ningún tipo, cada parte de este equipo es tan profesional en la ejecución que demuestran un claro conocimiento del oficio cinematográfico.

Y la música. La banda sonora de la película le va dando estructuración al desarrollo de la misma. Tarantino crea a partir de matices que va escuchando aquí y allá. Sus historias derivan del azar y prácticamente están supeditadas a lo que su oído es capaz de imaginar. Él mismo lo ha dicho en entrevistas varias.

Las tramas tan simples se convierten en rompecabezas que provocan al espectador. Inteligentemente armadas, las películas de Tarantino vanaglorian y enaltecen la labor de edición que debe tener cualquier trabajo cinematográfico.



KILL BILL
Vol. 2

Estados Unidos, 2003
Dirección: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Reparto: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Michael Madsen, Daryl Hanna, David Carradine
Edición: Joe D’Augustine
Fotografía: Andrew Cooper

9/7/09

El Perfume

EL PERFUME
Historia de un asesino

Hubo que pasar mucho tiempo antes de que algún realizador tuviera el acierto de hacer la adaptación cinematográfica de la enorme novela de Patrick Süskind, que ya de por sí, supone un argumento harto interesante, amén de una narrativa poco convencional que atrapa al lector de principio a fin.

El trabajo no era fácil, siempre imaginé con entusiasmo y expectativa una posible visión fílmica de esta obra. Creí, después de tanto tiempo que no habría quien se arriesgara a transcribir al lenguaje visual la historia de Jean Baptiste Grenoulle con la complejidad psicológica que lo acompaña. Finalmente, es el director alemán Tom Tykwer el que resuelto, decide llevar a cabo una empresa que de entrada se antojaba muy arriesgada por el carácter de la obra literaria.

Resultado de lo que parece una exhaustiva labor el director de esta película, recrea con atino la Francia del siglo XVIII y la podredumbre que la caracteriza. La ambientación se logra en gran medida por el ejercicio lumínico que elimina toda intensidad cromática que pudiera provocar ruido innecesario en la pantalla. La opacidad en la atmósfera (no es otra más que la propia del protagonista, un ser oscuro, ajeno a todo cromatismo que no sea el de su exclusiva e inagotable paleta de olores que el mundo le ofrece), integra al espectador de inmediato en la trama. De esta manera, se logra lo mismo que si se estuviera leyendo la novela; inevitablemente uno se siente atrapado, esta vez, por los códigos visuales que no desestiman en nada a la narrativa convencional, es decir, aquel que había leído la novela no se siente decepcionado por la visión del realizador, muy al contrario, se siente aludido a su propia percepción.

La película se apega casi estrictamente al texto original con la ventaja que ofrece la posibilidad del audio, así como del montaje. La música provoca al erotismo esencial que ya trae consigo la trama y el resultado es excitante. Es un ejercicio audiovisual tanto como olfatorio. No queda otra que regocijarse y redescubrir ciertos elementos sensoriales. La película nos va conduciendo a ello.

Jean Baptiste Grenoulle es un personaje tan sencillo y a la vez goza de una complejidad que se va desenmascarando dentro de su propia historia, que inicia en el peor lugar de aquella Francia nauseabunda. Nuestro personaje es parido de modo tan natural que no deja lugar a dudas sobre la condición humana de la época. Los aromas de una pescadería reciben feroz e implacablemente a este ser, que paradójicamente desarrolla el sentido del olfato más allá de toda posibilidad natural. Tal sensibilidad lo hace aferrarse a la vida que ya le tiene guardadas muchas sorpresas, de las cuales solo le interesa una: crear un perfume extraído de la esencia misma de la belleza.

Para tal labor, el destino lo ubica primero en una curtiduría donde aprende el oficio, para después ligarse directamente con el mejor perfumista del lugar, Giussepe Baldini quien descubre ante él todos los secretos acerca de los aromas y su extracción, conservación y destilación de los mismos. La sensible nariz de Jean Baptiste le otorga un lugar como aprendiz que lo llevara a la larga, a buscar su meta, aunque de manera accidental, pues comienza la conservación de la belleza que busca del modo más sencillo, el asesinato de su materia prima, doncellas con virtudes aromáticas que solo él puede percibir.

De acuerdo a los procesos para la elaboración de un perfume, Grenoulle es estricto consigo mismo, necesita al menos una docena de mujeres para extraerles su esencia. Ante la imposibilidad del convencimiento toma a la fuerza lo que cree le pertenece por derecho propio. Es un ser superior a los demás. Tiene un desprecio absoluto por sus semejantes, no muestra ningún interés social a menos que sea seducido por el olor que de ellos emana.

Distraído con su labor, no se percata de lo que sucede en su entorno. Ensimismado, debe cumplir su tarea para la cual su nariz es el instrumento que lo motiva. No hay nada más allá de esa percepción y ese perfume que ya ha imaginado, que ya ha olido para sí, que ya ha recreado en su imaginación y a través de los códigos de olores con los cuales se conduce.

Implacable, culmina su obra a costa de las vidas aburridas de sus víctimas, no sin antes ejercer una introspección que le desvela un secreto cruel que la vida le depara: no puede percibir su propio aroma. Ante los demás, él no existe. Para el resto del mundo pasa inadvertido, desapercibido, irreconocible.
Atrapado en su propia existencia y enajenado, al terminar el perfume es arrestado y procesado en un juicio expedito que lo conduce al cadalso. Impregnado con su fragancia, obra maestra de la mejor nariz de Francia y del mundo, seduce a la población expectante que sucumbe ante el encanto fascinante de un ser inexistente, el cual emana armonía e impregna con sus vapores únicos la atmósfera ya de por sí viciada por el estro de cada uno de los espectadores concurridos en la plaza. Libre de toda culpa bajo su propio juicio, decide abandonar y abandonarse de toda posibilidad humana.

Bajo la dirección de Tom Tykwer, que ya había dado muestras de un personalísimo lenguaje con “Corre Lola Corre”, la novela de Suskin toma forma de un modo estrictamente literal. No le queda a deber en absoluto. La recreación de ambientes en la Francia decadente, así como la elaboración de personajes a partir de una historia que se narra por si sola gracias a un argumento originalísimo, resultan de una verosimilitud sin igual.

Dudo que la propuesta visual haya salido mal librada ante los ojos del espectador más exigente. Cumple cabalmente con las atmósferas imaginadas por el autor y los lectores de la novela.

Apostando a la narrativa visual como elemento principal, la fotografía juega un papel sumamente importante trabajando a partir de encuadres variados en composición pero caracterizados por una tonalidad uniforme que envuelve finamente las posibilidades psicológicas de los personajes. Adecúa a cada quién en su papel, por un lado un excelente Ben Wishaw surgiendo de la penumbra de su ser interior, prácticamente emergiendo a cuadro del fondo de sí mismo.

Por el contrario, la hermosa Rachel Hurd-Wood se muestra plena, con una vitalidad que solo la burguesía de la época puede ofrecerle.
Las dos caras de una Francia en construcción, en renovación constante, en búsqueda de su propia identidad.

La adaptación del texto original a guión cinematográfico es resultado de una tarea muy inteligente que procura mantener el tono narrativo en todos sus aspectos lingüísticos. Una voz en “off “ introduce y va conduciendo al espectador a grado tal de conectarlo directamente con el protagonista, y ya no lo suelta.

No es preciso el diálogo excesivo, la apuesta consiste en lo sugerente a nivel visual sensitivo. La interacción de personajes y ambientaciones le dan a la película un carácter exclusivo de complicidad con el público. El montaje también ofrece características esenciales que provocan la incursión en el filme. Cada secuencia se desarrolla con apegada precisión, en función de la historia misma.

Llama la atención y no deja de ser interesante la incursión en el ámbito musical del propio director, que también había sorprendido en su anterior propuesta de manera vertiginosa (de hecho, creo que “Corre Lola Corre” se basa principalmente en la música). En el caso del perfume logra nuevamente conjugar esta inaudita gama de posibilidades sensoriales.

La tecnología digital hace su trabajo en la recreación de ámbitos propios de la novela, como la propuesta del puente donde habita Baldini. Es una herramienta que facilita en gran medida la propuesta de cualquier director, aunque claro, hay que tener la imaginación bien aguzada para la perfecta definición visual.

En suma, “El Perfume” es a mi juicio, una realización donde tiene cabida lo sensorial en gran medida, pero también los aspectos emocionales que cargan cada uno de los personajes y que uno los hace propios en tanto los vamos involucrando con nuestras propias vivencias.


EL PERFUME Historia de un asesino
(PERFUME The Story of a Murderer)

Alemania, 2007
Dirección: Tom Tikwer
Guión: Andrew Birkin, Bernd Eichinger, Tom Tykwer
Reparto: Ben Wishaw, Alan Richman, Dustin Hoffman
Edición: Alexander Berner
Fotografía: Frank Griebe