KILL BILL
La Venganza
Vol. 1
El más reciente trabajo del afamado cineasta Quentin Tarantino, da muestra una vez más del tremendo oficio que ha forjado en su naciente carrera, considerando que apenas es el cuarto ejercicio cinematográfico que escribe y dirige. Desde la incipiente “Reservoir Dogs” (Perros de Reserva), su ópera prima, se nota ya un claro lenguaje que no ha terminado de forjar.
Muy pronto se graduó en el arte de la cinematografía con su estupenda labor en “Pulp Fictión” (Tiempos Violentos); haciendo gala de recursos lingüísticos, tanto literarios como visuales, dando un vuelco en la producción hollywodense que hasta entonces se antojaba poco remunerable. Y es que Tarantino sólo depende de él mismo, de su propio discurso, establece un diálogo interno con las imágenes para luego mostrarlas estructurándolas virtuosamente mediante el montaje.
“Jackie Brown”, para mi gusto, supone un trabajo meramente personal, preparativo para las siguientes producciones. Pero qué trabajo. Nuevamente la estructuración de esta pieza, depende en absoluto de un detallado guión, majestuosamente montado, que da como resultado una trama aderezada de soporífera tensión, con un Samuel L. Jackson estupendo de principio a fin.
Además de esto, Tarantino ha incursionado en algunas otras historias, dejando huella palpable de su toque personalísimo donde la violencia humana sólo es el pretexto para definir una sociedad en decadencia, carente de valores, supeditada a los medios masivos de comunicación, de alguna manera robotizada, si es que vale la expresión; mecánica y absurda. Tal es el caso de aquella película de Oliver Stone que Tarantino gestó: “Natural Kill Born” (Asesinos por Naturaleza).
En su cuarta incursión dentro de las pantallas, y después de haber generado tantas expectativas en cuanto al trabajo realizado con anterioridad, Tarantino da muestra, una vez más, de su visión acerca del mundo absurdo que se ha creado a partir de las producciones masivas que han influido sobremanera en un contexto social cada vez más deplorable.
Pero no es una denuncia, tampoco un llamado de atención a las conciencias. Simplemente es un divertimento personal que surge de lo más interno de su imaginería. Construye una realidad que sólo su mente puede forjar a través de personajes salidos de historietas mal habidas. También recurre a la temática de la mafia y los bajos fondos, haciendo uso de leyendas orientales para ir constituyendo pasajes irrelevantes que sólo influyen en el círculo donde se llevan a cabo.
La historia de Kill Bill está construida a partir de un núcleo gestado desde lo más absurdo y relegado de la sociedad. Un grupo de matones a sueldo comandados por Bill (David Carradine), someten y asesinan el día de su boda a una absuelta Beatrix Kiddo, “la novia” (Uma Thurman), quien fuera parte de este comando meses atrás. Creyéndola ultimada por un balazo en la cabeza que el mismo Bill propina a su ex-compañera, abandonan el templo religioso donde se lleva a cabo tal masacre.
La película da inicio precisamente con este pasaje: jadeos, pisadas, rechinidos de piso, diálogo de redención y venganza al mismo tiempo, Uma Thurman en primer plano bañada en sangre y el sonido de un disparo que provoca el inmediato contacto con el espectador en la sala de cine para ya no soltarlo. Una presentación al estilo Tarantinesco. No podía haber sido de otro modo.
“La novia” despierta de un coma de cuatro años provocado por la violencia a la que fue sometida, e inmediatamente se dedica a la búsqueda incansable de sus agresores para saciar su venganza. Por el momento no la impulsa otro motivo. Beatrix Kiddo hace gala de todos sus conocimientos en artes marciales para escapar del hospital, desde marrullerías con el enfermero hasta el manejo-control de la mente para mover sus músculos adormecidos por la inmovilidad padecida.
Nuestra protagonista aún posee el temple de asesina que la acompañó durante tantos años. Y no duda ni un momento. Sin importar fronteras u obstáculos comienza la búsqueda. La trama nos conduce hasta la casa de Vernita Green (Vivica A. Fox), otrora miembro de la “Escuadra Mortal Víbora Letal”, nombre con el que se conocía el grupo de Bill. Después del recuento de los daños, la bella Beatrix da cuenta de su segundo enemigo en la lista.
Previamente en la historia, y posteriormente en el desarrollo de la película, la novia habíase encargado ya de la primera clasificada, O–Ren Ishii (una estupenda Lucy Liu), durante un viaje al Japón, puesto que la antes citada era nada menos que la jefa de la mafia en aquellos lugares. La película, en esta primera entrega, depende en su totalidad de esta situación: la parada en Okinawa y la visita a Hatori Hanzo. Es uno de los momentos más respetuosos y solemnes de la cinta. La elaboración, a regañadientes, de una espada samurái por las manos hábiles y la maestría artesanal de Hanzo.
A partir de este momento comienza un vertiginoso viaje visual donde encontramos de todo, artes marciales, trajes llamativos, música pegajosa, ironía, venganza, libertinaje, banalidad y sangre, mucha sangre, muchísima sangre. Pero contrario a lo que pareciera una carnicería humana, la propuesta coreográfica y escenográfica del realizador nos conduce por caminos insospechados. Experimenta mutilaciones que rayan en lo inverosímil, la protagonista, en su carrera desenfrenada hacia la venganza, se convierte en una heroína en tanto va liquidando, uno a uno, a la centena de enemigos que se va topando, antes de terminar, mano a mano con O-Ren Ishii, a quien, en una secuencia de antología en la nieve, asesina de un tajo en la cabeza.
Finalmente, Beatrix Kiddo, se entera por medio de Sophie Fatale (bellísima Julie Dreyfuss aún mutilada del brazo), sobre la existencia de su hija de cuatro años, quien fue arrancada de su vientre por el mismísimo padre: Bill. Entonces empieza a cambiar el destino de la novia, no así su objetivo principal, vengarse de todo el Escuadrón Mortal encabezado por el antes citado.
La realización de esta magnífica pieza nos da un referente del por qué Tarantino se ha convertido en uno de los directores con mayor influencia conceptual y visual de los últimos años. En primer lugar, el hecho de dividir en dos volúmenes y por consiguiente en dos estrenos una obra que, reunida, tiene una duración que alcanza las cuatro horas. Atinadamente concibe así la entrega, sabiendo de antemano que por sí mismos cada uno de los volúmenes ofrece una historia original que no depende del otro para existir.
En el caso de esta primera entrega, tan esperada por los seguidores fieles de este realizador, la película se sustenta con el montaje de la escena en el bar donde tocan las 5,6,7,8’s. Tal secuencia se filmó haciendo gala de recursos técnicos que anteriormente no habíamos visto en su obra.
En esta ocasión la apuesta es totalmente visual. Cada toma, cada encuadre, está debidamente exigido y resuelto. No se diga la meticulosa coreografía en las escenas de pelea con la espada samurái y cómo se va generando la tensión en el espectador cada vez que nuestro personaje principal es exigido con un nuevo contrincante, ya sea de a uno por vez u ochenta y ocho al mismo tiempo.
De nuevo, la herramienta Tarantinesca más recurrente: el montaje. Resultado de un guión original que parte de una historia sin igual, cada secuencia está resaltada por medio de capítulos que van entretejiendo tan singular trama. De este modo, vemos al inicio de la película los hechos más relevantes, y durante el desarrollo, la historia se va narrando sola, con la ayuda de un público que se convierte, sin advertirlo, en el constructor de un rompecabezas inteligentemente planeado.
Da la impresión, en un momento dado, de que cada secuencia-capítulo es una historia en sí misma. Podrían fácilmente aislarse y presentarse como un corto con una carga psicológica sustentada y aislada del resto de la obra.
Sin embargo, la coherencia formal expuesta desde el inicio, nos va conduciendo y haciéndonos participantes activos dentro de la pantalla. Tarantino juega con todos estos recursos sin empacho alguno. La exagerada propuesta gráfica con escenas que van de lo cruel a lo caprichoso e incluso a lo ridículo, es tan sólo un elemento más en el lenguaje del autor.
Nos regala sangre al por mayor, su imaginación no tiene límites. Los aspectos técnicos para la ejecución y filmación de cada toma permite un regodeo actoral al momento de las mutilaciones, que, dicho sea de paso, están debidamente resueltas con efectos que, a veces, parecieran expuestos adrede. Cada corte de algún miembro por la espada samurái “Hanzo”, implica sangre a borbotones. Fuentes humanas que despiden líquido rojo y llenan la pantalla.
Por otro lado, el cineasta se permite una incursión animada que sorprende a la mayoría, pero que la deja pasmada, no por su contenido cruel y salvaje, sino por el hecho de la incursión misma en un ámbito al que no estamos acostumbrados, parodiando y celebrando al mismo tiempo este recurso tan usual en oriente, a propósito, en este caso, de la historia de la japonesa-china-americana O-Ren Ishii.
El resultado de este ejercicio es visualmente acertado, armonizando en todo momento con el resto de la obra. A estas alturas, Tarantino se permite hacer de todo, la diversión a flor de piel, y cómo podría explicarse tal ejecución si no. En conclusión, esta primera parte arroja evidencia palpable de que una pieza cinematográfica puede ser causante de provocar estados de ánimo diversos en un solo momento. El cine no podría ser de otra manera.
KILL BILL
Vol. 1
Estados Unidos, 2003
Dirección: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Reparto: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Michael Madsen, Daryl Hanna, David Carradine
Edición: Joe D’Augustine
Fotografía: Andrew Cooper
KILL BILL
La venganza
Vol. 2
Esta entrega es la continuación, la secuela, o incluso podría verse como una película independiente de la anterior por su elaboración predispuesta a ello. Aquel que mirase primero el volumen 2 y después el volumen 1, quedaría igualmente satisfecho y sin confusión alguna, porque cada película contiene su propia narración, su propia estructura y su propio lenguaje sin demeritar una de otra y complementándose también en una sola.
El inicio es el mismo. Un disparo en la cabeza de Beatrix Kiddo nos sugiere lo que vendrá después. El rompecabezas de secuencias visuales se va estructurando ahora con el capítulo seis, que presenta el desarrollo de la boda en una capilla de Texas. La escena es ridícula: la novia, otrora asesina internacional a sueldo, ahora está embarazada y a punto de casarse con un don nadie. Bill aparece y minutos después la escuadra Mortal Víbora Letal abre fuego contra todos los ahí presentes, incluido el reverendo.
La venganza, después de cuatro años en que la creyeron muerta, sigue su curso. Toca el turno de Budd (Michael Madsen, impecable), hermano de Bill, un sujeto sin ambiciones y solitario, predestinado al autoexilio, un pobre diablo sin el cobijo de la Escuadra Mortal.
Contrario a lo que esperaba, la novia cae en poder de Budd por medio de un disparo en el pecho con salvas de sal. Es enterrada viva, pero nuestra heroína sale avante gracias a sus extensos conocimientos y práctica en el arte marcial aprendidos en su momento en una cruel instrucción con el maestro Pai Mei. Y es en esta parte donde Tarantino brinda una especie de homenaje a este tipo de películas que tuvieron en su momento una espectacular acogida en toda clase de público, y que se producían a montones en Hong Kong primero y en Hollywood después.
El hecho de incursionar con esta temática permitió a Tarantino darse el lujo de contar en el reparto con figuras que fueron leyendas en el medio de las artes marciales. Las referencias son muy evidentes, a grado tal de tener en el papel principal a un David Carradine rescatado en el tiempo y que años atrás protagonizara la exitosa serie televisiva “Kung Fu”; que por cierto, supuso un pleito actoral con el mismísimo Bruce Lee que reclamaba derecho de piso para el protagónico.
De vuelta a la trama del volúmen 2, Budd contacta a la cuarta en la lista de Kiddo, la bella cíclope Elle Driver (Daryl Hanna) quien ya había tenido un intento fallido de asesinar a su rival y ex – compañera en la primera parte cuando la novia aún estaba en coma; secuencia que se hizo famosa gracias al silbido que acompaña la escena y que caracterizaría, junto con la música de “The 5,6,7,8’s” este impecable trabajo cinematográfico.
A cambio de un razonable millón de dólares, Budd ofrece el sable Hanzo de Beatrix a una ambiciosa y elegante, pero poco práctica, Elle Driver. La traición de Driver hacia su ex – compañero sólo confirma su naturaleza mezquina. Irónicamente permite que sea una Mamba Negra la que ultime al don nadie, y es que el sobrenombre que usaba Beatrix Kiddo en la Escuadra Mortal de asesinos era precisamente Black Mamba.
Creyéndose exitosa en la empresa, la bella cíclope emprende la huída pero termina enfrentando a una rabiosa novia que, al enterarse del motivo por el cual su contrincante perdió uno de sus hermosos ojos azules, acaba con ella arrancándole de un letal movimiento el segundo globo para dejarla completamente ciega. No era para menos, el maestro Pai Mei había sido envenenado por la ahora imposibilitada Elle.
Finalmente se da el cara a cara. La búsqueda ha llegado a su fin. Los protagonistas enfrentan sus miedos, exponen sus razones, exigen explicaciones, todo ello aderezado con la presencia de la pequeña hija de ambos. Una secuencia fundamental para la culminación y el punto final de la obra pero que en ciertos momentos cae en el sopor, a pesar del acertado discurso comparativo que hace Bill de Beatrix con Supermán, y a pesar también del encuentro entre madre e hija que contactan de manera natural. Es un discurso largo, necesario sí, pero que corta de tajo la emoción creciente de la historia.
Black Mamba ha tenido éxito. Matar a Bill. Kill Bill.
Para esta entrega el director se concentra en la estructuración de la obra. El trabajo de edición resulta de suma importancia en la presentación final de la película. Y qué labor. Armar este intrincado pasaje de escenarios que suponen horas y horas de filmación, cortes, adiciones, no es tarea fácil.
Pero gracias a la visión metódica de Tarantino y el equipo de filmación, se logra un efecto visual que pocas veces se habían visto en pantalla. Si acaso “Pulp Fiction”, que ya había sentado precedentes.
Por otro lado hay que mencionar el esfuerzo compartido de todo un equipo de producción que trabajó coordinadamente para lograr el resultado adecuado. Los coreógrafos de combates con y sin espadas, las horas de ensayo, el aspecto fotográfico que tal vez pasa desapercibido, pero que aporta la característica esencial y puntualiza el discurso visual en los momentos determinantes, ya con tomas abiertas de parajes, ya con acercamientos de primeros planos o aún encuadres con lentes macro para dar sensaciones sofocantes como es en el caso de los clavos del ataúd donde Kiddo es enterrada viva.
El diseño de producción, la escenografía y el trabajo actoral así como el maquillaje no permiten prejuicios de ningún tipo, cada parte de este equipo es tan profesional en la ejecución que demuestran un claro conocimiento del oficio cinematográfico.
Y la música. La banda sonora de la película le va dando estructuración al desarrollo de la misma. Tarantino crea a partir de matices que va escuchando aquí y allá. Sus historias derivan del azar y prácticamente están supeditadas a lo que su oído es capaz de imaginar. Él mismo lo ha dicho en entrevistas varias.
Las tramas tan simples se convierten en rompecabezas que provocan al espectador. Inteligentemente armadas, las películas de Tarantino vanaglorian y enaltecen la labor de edición que debe tener cualquier trabajo cinematográfico.
KILL BILL
Vol. 2
Estados Unidos, 2003
Dirección: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Reparto: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Michael Madsen, Daryl Hanna, David Carradine
Edición: Joe D’Augustine
Fotografía: Andrew Cooper
La Venganza
Vol. 1
El más reciente trabajo del afamado cineasta Quentin Tarantino, da muestra una vez más del tremendo oficio que ha forjado en su naciente carrera, considerando que apenas es el cuarto ejercicio cinematográfico que escribe y dirige. Desde la incipiente “Reservoir Dogs” (Perros de Reserva), su ópera prima, se nota ya un claro lenguaje que no ha terminado de forjar.
Muy pronto se graduó en el arte de la cinematografía con su estupenda labor en “Pulp Fictión” (Tiempos Violentos); haciendo gala de recursos lingüísticos, tanto literarios como visuales, dando un vuelco en la producción hollywodense que hasta entonces se antojaba poco remunerable. Y es que Tarantino sólo depende de él mismo, de su propio discurso, establece un diálogo interno con las imágenes para luego mostrarlas estructurándolas virtuosamente mediante el montaje.
“Jackie Brown”, para mi gusto, supone un trabajo meramente personal, preparativo para las siguientes producciones. Pero qué trabajo. Nuevamente la estructuración de esta pieza, depende en absoluto de un detallado guión, majestuosamente montado, que da como resultado una trama aderezada de soporífera tensión, con un Samuel L. Jackson estupendo de principio a fin.
Además de esto, Tarantino ha incursionado en algunas otras historias, dejando huella palpable de su toque personalísimo donde la violencia humana sólo es el pretexto para definir una sociedad en decadencia, carente de valores, supeditada a los medios masivos de comunicación, de alguna manera robotizada, si es que vale la expresión; mecánica y absurda. Tal es el caso de aquella película de Oliver Stone que Tarantino gestó: “Natural Kill Born” (Asesinos por Naturaleza).
En su cuarta incursión dentro de las pantallas, y después de haber generado tantas expectativas en cuanto al trabajo realizado con anterioridad, Tarantino da muestra, una vez más, de su visión acerca del mundo absurdo que se ha creado a partir de las producciones masivas que han influido sobremanera en un contexto social cada vez más deplorable.
Pero no es una denuncia, tampoco un llamado de atención a las conciencias. Simplemente es un divertimento personal que surge de lo más interno de su imaginería. Construye una realidad que sólo su mente puede forjar a través de personajes salidos de historietas mal habidas. También recurre a la temática de la mafia y los bajos fondos, haciendo uso de leyendas orientales para ir constituyendo pasajes irrelevantes que sólo influyen en el círculo donde se llevan a cabo.
La historia de Kill Bill está construida a partir de un núcleo gestado desde lo más absurdo y relegado de la sociedad. Un grupo de matones a sueldo comandados por Bill (David Carradine), someten y asesinan el día de su boda a una absuelta Beatrix Kiddo, “la novia” (Uma Thurman), quien fuera parte de este comando meses atrás. Creyéndola ultimada por un balazo en la cabeza que el mismo Bill propina a su ex-compañera, abandonan el templo religioso donde se lleva a cabo tal masacre.
La película da inicio precisamente con este pasaje: jadeos, pisadas, rechinidos de piso, diálogo de redención y venganza al mismo tiempo, Uma Thurman en primer plano bañada en sangre y el sonido de un disparo que provoca el inmediato contacto con el espectador en la sala de cine para ya no soltarlo. Una presentación al estilo Tarantinesco. No podía haber sido de otro modo.
“La novia” despierta de un coma de cuatro años provocado por la violencia a la que fue sometida, e inmediatamente se dedica a la búsqueda incansable de sus agresores para saciar su venganza. Por el momento no la impulsa otro motivo. Beatrix Kiddo hace gala de todos sus conocimientos en artes marciales para escapar del hospital, desde marrullerías con el enfermero hasta el manejo-control de la mente para mover sus músculos adormecidos por la inmovilidad padecida.
Nuestra protagonista aún posee el temple de asesina que la acompañó durante tantos años. Y no duda ni un momento. Sin importar fronteras u obstáculos comienza la búsqueda. La trama nos conduce hasta la casa de Vernita Green (Vivica A. Fox), otrora miembro de la “Escuadra Mortal Víbora Letal”, nombre con el que se conocía el grupo de Bill. Después del recuento de los daños, la bella Beatrix da cuenta de su segundo enemigo en la lista.
Previamente en la historia, y posteriormente en el desarrollo de la película, la novia habíase encargado ya de la primera clasificada, O–Ren Ishii (una estupenda Lucy Liu), durante un viaje al Japón, puesto que la antes citada era nada menos que la jefa de la mafia en aquellos lugares. La película, en esta primera entrega, depende en su totalidad de esta situación: la parada en Okinawa y la visita a Hatori Hanzo. Es uno de los momentos más respetuosos y solemnes de la cinta. La elaboración, a regañadientes, de una espada samurái por las manos hábiles y la maestría artesanal de Hanzo.
A partir de este momento comienza un vertiginoso viaje visual donde encontramos de todo, artes marciales, trajes llamativos, música pegajosa, ironía, venganza, libertinaje, banalidad y sangre, mucha sangre, muchísima sangre. Pero contrario a lo que pareciera una carnicería humana, la propuesta coreográfica y escenográfica del realizador nos conduce por caminos insospechados. Experimenta mutilaciones que rayan en lo inverosímil, la protagonista, en su carrera desenfrenada hacia la venganza, se convierte en una heroína en tanto va liquidando, uno a uno, a la centena de enemigos que se va topando, antes de terminar, mano a mano con O-Ren Ishii, a quien, en una secuencia de antología en la nieve, asesina de un tajo en la cabeza.
Finalmente, Beatrix Kiddo, se entera por medio de Sophie Fatale (bellísima Julie Dreyfuss aún mutilada del brazo), sobre la existencia de su hija de cuatro años, quien fue arrancada de su vientre por el mismísimo padre: Bill. Entonces empieza a cambiar el destino de la novia, no así su objetivo principal, vengarse de todo el Escuadrón Mortal encabezado por el antes citado.
La realización de esta magnífica pieza nos da un referente del por qué Tarantino se ha convertido en uno de los directores con mayor influencia conceptual y visual de los últimos años. En primer lugar, el hecho de dividir en dos volúmenes y por consiguiente en dos estrenos una obra que, reunida, tiene una duración que alcanza las cuatro horas. Atinadamente concibe así la entrega, sabiendo de antemano que por sí mismos cada uno de los volúmenes ofrece una historia original que no depende del otro para existir.
En el caso de esta primera entrega, tan esperada por los seguidores fieles de este realizador, la película se sustenta con el montaje de la escena en el bar donde tocan las 5,6,7,8’s. Tal secuencia se filmó haciendo gala de recursos técnicos que anteriormente no habíamos visto en su obra.
En esta ocasión la apuesta es totalmente visual. Cada toma, cada encuadre, está debidamente exigido y resuelto. No se diga la meticulosa coreografía en las escenas de pelea con la espada samurái y cómo se va generando la tensión en el espectador cada vez que nuestro personaje principal es exigido con un nuevo contrincante, ya sea de a uno por vez u ochenta y ocho al mismo tiempo.
De nuevo, la herramienta Tarantinesca más recurrente: el montaje. Resultado de un guión original que parte de una historia sin igual, cada secuencia está resaltada por medio de capítulos que van entretejiendo tan singular trama. De este modo, vemos al inicio de la película los hechos más relevantes, y durante el desarrollo, la historia se va narrando sola, con la ayuda de un público que se convierte, sin advertirlo, en el constructor de un rompecabezas inteligentemente planeado.
Da la impresión, en un momento dado, de que cada secuencia-capítulo es una historia en sí misma. Podrían fácilmente aislarse y presentarse como un corto con una carga psicológica sustentada y aislada del resto de la obra.
Sin embargo, la coherencia formal expuesta desde el inicio, nos va conduciendo y haciéndonos participantes activos dentro de la pantalla. Tarantino juega con todos estos recursos sin empacho alguno. La exagerada propuesta gráfica con escenas que van de lo cruel a lo caprichoso e incluso a lo ridículo, es tan sólo un elemento más en el lenguaje del autor.
Nos regala sangre al por mayor, su imaginación no tiene límites. Los aspectos técnicos para la ejecución y filmación de cada toma permite un regodeo actoral al momento de las mutilaciones, que, dicho sea de paso, están debidamente resueltas con efectos que, a veces, parecieran expuestos adrede. Cada corte de algún miembro por la espada samurái “Hanzo”, implica sangre a borbotones. Fuentes humanas que despiden líquido rojo y llenan la pantalla.
Por otro lado, el cineasta se permite una incursión animada que sorprende a la mayoría, pero que la deja pasmada, no por su contenido cruel y salvaje, sino por el hecho de la incursión misma en un ámbito al que no estamos acostumbrados, parodiando y celebrando al mismo tiempo este recurso tan usual en oriente, a propósito, en este caso, de la historia de la japonesa-china-americana O-Ren Ishii.
El resultado de este ejercicio es visualmente acertado, armonizando en todo momento con el resto de la obra. A estas alturas, Tarantino se permite hacer de todo, la diversión a flor de piel, y cómo podría explicarse tal ejecución si no. En conclusión, esta primera parte arroja evidencia palpable de que una pieza cinematográfica puede ser causante de provocar estados de ánimo diversos en un solo momento. El cine no podría ser de otra manera.
KILL BILL
Vol. 1
Estados Unidos, 2003
Dirección: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Reparto: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Michael Madsen, Daryl Hanna, David Carradine
Edición: Joe D’Augustine
Fotografía: Andrew Cooper
KILL BILL
La venganza
Vol. 2
Esta entrega es la continuación, la secuela, o incluso podría verse como una película independiente de la anterior por su elaboración predispuesta a ello. Aquel que mirase primero el volumen 2 y después el volumen 1, quedaría igualmente satisfecho y sin confusión alguna, porque cada película contiene su propia narración, su propia estructura y su propio lenguaje sin demeritar una de otra y complementándose también en una sola.
El inicio es el mismo. Un disparo en la cabeza de Beatrix Kiddo nos sugiere lo que vendrá después. El rompecabezas de secuencias visuales se va estructurando ahora con el capítulo seis, que presenta el desarrollo de la boda en una capilla de Texas. La escena es ridícula: la novia, otrora asesina internacional a sueldo, ahora está embarazada y a punto de casarse con un don nadie. Bill aparece y minutos después la escuadra Mortal Víbora Letal abre fuego contra todos los ahí presentes, incluido el reverendo.
La venganza, después de cuatro años en que la creyeron muerta, sigue su curso. Toca el turno de Budd (Michael Madsen, impecable), hermano de Bill, un sujeto sin ambiciones y solitario, predestinado al autoexilio, un pobre diablo sin el cobijo de la Escuadra Mortal.
Contrario a lo que esperaba, la novia cae en poder de Budd por medio de un disparo en el pecho con salvas de sal. Es enterrada viva, pero nuestra heroína sale avante gracias a sus extensos conocimientos y práctica en el arte marcial aprendidos en su momento en una cruel instrucción con el maestro Pai Mei. Y es en esta parte donde Tarantino brinda una especie de homenaje a este tipo de películas que tuvieron en su momento una espectacular acogida en toda clase de público, y que se producían a montones en Hong Kong primero y en Hollywood después.
El hecho de incursionar con esta temática permitió a Tarantino darse el lujo de contar en el reparto con figuras que fueron leyendas en el medio de las artes marciales. Las referencias son muy evidentes, a grado tal de tener en el papel principal a un David Carradine rescatado en el tiempo y que años atrás protagonizara la exitosa serie televisiva “Kung Fu”; que por cierto, supuso un pleito actoral con el mismísimo Bruce Lee que reclamaba derecho de piso para el protagónico.
De vuelta a la trama del volúmen 2, Budd contacta a la cuarta en la lista de Kiddo, la bella cíclope Elle Driver (Daryl Hanna) quien ya había tenido un intento fallido de asesinar a su rival y ex – compañera en la primera parte cuando la novia aún estaba en coma; secuencia que se hizo famosa gracias al silbido que acompaña la escena y que caracterizaría, junto con la música de “The 5,6,7,8’s” este impecable trabajo cinematográfico.
A cambio de un razonable millón de dólares, Budd ofrece el sable Hanzo de Beatrix a una ambiciosa y elegante, pero poco práctica, Elle Driver. La traición de Driver hacia su ex – compañero sólo confirma su naturaleza mezquina. Irónicamente permite que sea una Mamba Negra la que ultime al don nadie, y es que el sobrenombre que usaba Beatrix Kiddo en la Escuadra Mortal de asesinos era precisamente Black Mamba.
Creyéndose exitosa en la empresa, la bella cíclope emprende la huída pero termina enfrentando a una rabiosa novia que, al enterarse del motivo por el cual su contrincante perdió uno de sus hermosos ojos azules, acaba con ella arrancándole de un letal movimiento el segundo globo para dejarla completamente ciega. No era para menos, el maestro Pai Mei había sido envenenado por la ahora imposibilitada Elle.
Finalmente se da el cara a cara. La búsqueda ha llegado a su fin. Los protagonistas enfrentan sus miedos, exponen sus razones, exigen explicaciones, todo ello aderezado con la presencia de la pequeña hija de ambos. Una secuencia fundamental para la culminación y el punto final de la obra pero que en ciertos momentos cae en el sopor, a pesar del acertado discurso comparativo que hace Bill de Beatrix con Supermán, y a pesar también del encuentro entre madre e hija que contactan de manera natural. Es un discurso largo, necesario sí, pero que corta de tajo la emoción creciente de la historia.
Black Mamba ha tenido éxito. Matar a Bill. Kill Bill.
Para esta entrega el director se concentra en la estructuración de la obra. El trabajo de edición resulta de suma importancia en la presentación final de la película. Y qué labor. Armar este intrincado pasaje de escenarios que suponen horas y horas de filmación, cortes, adiciones, no es tarea fácil.
Pero gracias a la visión metódica de Tarantino y el equipo de filmación, se logra un efecto visual que pocas veces se habían visto en pantalla. Si acaso “Pulp Fiction”, que ya había sentado precedentes.
Por otro lado hay que mencionar el esfuerzo compartido de todo un equipo de producción que trabajó coordinadamente para lograr el resultado adecuado. Los coreógrafos de combates con y sin espadas, las horas de ensayo, el aspecto fotográfico que tal vez pasa desapercibido, pero que aporta la característica esencial y puntualiza el discurso visual en los momentos determinantes, ya con tomas abiertas de parajes, ya con acercamientos de primeros planos o aún encuadres con lentes macro para dar sensaciones sofocantes como es en el caso de los clavos del ataúd donde Kiddo es enterrada viva.
El diseño de producción, la escenografía y el trabajo actoral así como el maquillaje no permiten prejuicios de ningún tipo, cada parte de este equipo es tan profesional en la ejecución que demuestran un claro conocimiento del oficio cinematográfico.
Y la música. La banda sonora de la película le va dando estructuración al desarrollo de la misma. Tarantino crea a partir de matices que va escuchando aquí y allá. Sus historias derivan del azar y prácticamente están supeditadas a lo que su oído es capaz de imaginar. Él mismo lo ha dicho en entrevistas varias.
Las tramas tan simples se convierten en rompecabezas que provocan al espectador. Inteligentemente armadas, las películas de Tarantino vanaglorian y enaltecen la labor de edición que debe tener cualquier trabajo cinematográfico.
KILL BILL
Vol. 2
Estados Unidos, 2003
Dirección: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Reparto: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Michael Madsen, Daryl Hanna, David Carradine
Edición: Joe D’Augustine
Fotografía: Andrew Cooper
1 comentario:
Anda Rom,me quede hartita de tu buen gusto y buena critica.. ¡eh! Critica dije? Chin...
eres criiiiticoo
tsss
jaja
Broma.
Hablemos de mas cosas...
PD. Necesito que me pases el poema del dia de la mujer a tu cpu. para el Blog.
besos hartos.
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