OPERACIÓN DRAGÓN
(ENTER THE DRAGON)
A más de treinta años de su última película, Bruce Lee es toda una leyenda en el medio de las artes marciales y un referente obligado para el género.
Maestro estricto en su disciplina deportiva, también lo es en el plano actoral y detrás de la cámara. Así mismo plantea y replantea las coreografías de cada una de las escenas que implican lucha entre dos o más contendientes, como establece los encuadres que definirán la composición de sus películas.
El caso específico de Operación Dragón, que vio la luz allá por el año de 1973, y que el propio Bruce Lee no presenció en su estreno, representa un icono dentro de la cinematografía mundial y, es a la fecha, punto de partida para los nuevos realizadores que se incluyen en el género de las artes marciales. Jet Li o Jackie Chan, Chuck Norris en su momento o el propio Jean Claude Van Damme, han recreado o retomado al menos algunas secuencias que se vieron por primera vez en esta gran película, que por cierto ya tiene elementos de producción hollywoodense, a diferencia de las primeras realizaciones de Lee que fueron llevadas a cabo en Hong Kong básicamente.
Hubo que conjugar un gran número de elementos para llevar a buen término esta historia original, que si bien no es secuela de ninguna otra realización de Lee, tiene su marca implícita. Posee la carga filosófica de las artes marciales que a su vez contiene toda una tradición milenaria oriental, basada en la eterna lucha entre el bien y el mal.
Operación Dragón transcurre fiel a este precepto. Por un lado, el bien representado por nuestro protagonista, que está del lado de la justicia y que es reclutado por el jefe de una policía que no ha podido resolver el caso ya arraigado de lenocinio por parte de un villano que ha sabido encubrir sus actividades ilegales dentro de una isla de difícil acceso. Y es precisamente este personaje quien le da cabida a nuestro fiel protagonista al organizar un torneo de artes marciales en su isla privada con el fin de divertirse.
El jefe de la policía infiltra a Lee como participante de dicho torneo para de ese modo tener información de primera mano acerca de la actividades proxenetas y de producción y distribución de estupefacientes en tal lugar. Junto con él, pero sin saber el verdadero sentido de incursión en el torneo, acuden los mejores peleadores de diferentes partes del mundo, tanto americanos, ingleses o neozelandeses, incluyendo a un viejo conocido del señor Lee que años atrás provocó el suicidio de su hermana, y por supuesto, qué mejor momento para de paso, aprovechar una posible venganza.
El trayecto hacia la isla ofrece una secuencia que sirve de pretexto para conocer las características de los demás protagonistas. Tanto sus virtudes físicas, luchísticas o mentales son conocidas por el espectador en esta especie de barcaza que los transporta sobre las aguas del río amarillo, para de ese modo, tomar partido y preferencia por alguno de ellos.
La llegada a la isla es motivo de agasajo por parte del anfitrión que no ha cejado en su afán por mantener impune su núcleo de poder a base de derroche ostentoso de viandas. Las hostilidades comienzan al día siguiente. Se enfrentan de acuerdo a un rol preestablecido del cual resulta el esperado encuentro de viejos conocidos.
Lee da cuenta de su oponente saldando una deuda familiar pendiente. Sin esto, no hubiese sido posible la concentración hacia la tarea por la cual fue enviado a la isla. Nuestro héroe hurga los lugares recónditos a medianoche para descubrir lo ya conocido, una impresionante red de tráfico de estupefacientes y trata de blancas.
Descubierto y confundido por los guardias, el anfitrión ofrece una lección al sacrificar a uno de los contendientes que le parecía sospechoso. Ante este hecho Lee parece no inmutarse, puesto que se trata de una baja en la batalla contra la injusticia, que a final de cuentas es el objetivo primordial.
La liberación de los presos no se hace esperar y comienza la contienda final de todos contra todos. Educados con la filosofía oriental, absolutamente el regimiento completo, hombres y mujeres, tienen nociones de artes marciales. Por supuesto, el pez gordo está reservado para el señor Lee.
Una de las secuencias más memorables, para mi gusto, se realiza en el cuarto de los espejos. Las garras con las que se vale el antagónico para pelear son un protagonista más en el final. No podría ser de otro modo, la sangre que emana de las heridas provocadas por los muñones metálicos, acentúa la ira y la sed de justicia del personaje encarnado por Bruce Lee. Al verse inmerso en ese espacio asfixiante donde su propio reflejo le revela lo que él mismo ha llegado a ser, le cuesta trabajo contender no contra su oponente, sino contra sus propios miedos, aunque en la pantalla se da muestra de lo contrario.
Una patada, de esas que sólo Bruce Lee es capaz de dar, termina con el tirano que sucumbe atravesado por su lanza, previamente encajada en la pared. La policía hace su aparición, la torpeza del escuadrón no ha sido obstáculo para el desenlace de esta historia que se ha mantenido, a lo largo del tiempo como una de las favoritas de los amantes de las artes marciales.
Bruce Lee encarga la dirección de esta película a alguien que sabía exactamente con precisión lo que se necesitaba plasmar en la pantalla. Involucrado y coordinado hasta el mínimo detalle con Robert Clouse, se dan a la tarea de establecer primeramente un guión acorde a las posibilidades del nuevo género que surgiría en Hollywood a partir de este filme.
En realidad, la trama no ofrece más allá de una historia de espionaje con cierta carga de adrenalina que ofrece el boxeo chino. Coreografiada de manera meticulosa, tal como lo había hecho Lee en anteriores ejercicios fílmicos, la película muestra la lucha entre el bien y el mal, donde nuestro héroe representa las bondades de la humanidad y donde se privilegia el aspecto mental de todo hombre cabal.
El guión se traduce en una serie de Flash Backs que van ligando la historia desentrañándola a partir de secuencias abiertas que ubican al espectador en ciertos momentos que viven los personajes, para de ese modo ir descubriendo la breve historia que pesa sobre sus hombros y el posible desenlace de la misma en cada uno de ellos.
Las tomas son en su mayoría abiertas. El trabajo fotográfico no es nada del otro mundo. La paleta de colores es vasta y se consigue con ello dar cuenta de las dimensiones, en su momento, de la isla, dando la impresión de magnificencia terrenal. En el caso del viaje sobre la barca que conducirá a los peleadores al destino referido, se aprovechan las cualidades de luz en río abierto.
Los encuadres de las contiendas son meticulosos en función del despliegue técnico-plástico que intenta mostrar Bruce Lee acerca de las virtudes del boxeo chino y la destreza con que se puede ejercitar esta disciplina; es decir, la cámara está al servicio de las artes marciales. Cada toma es repetida una y otra vez si es que el resultado no es satisfactorio y convincente desde el punto de vista de la veracidad en los golpes.
Lee es exigente. Sabe lo que busca. Tiene que demostrar al mundo, con esta producción, lo que es capaz de hacer con su mente, manos y pies. Y sin quererlo realmente, ni darse cuenta, está creando una escuela que a la larga dará sus frutos con los alumnos más reconocidos del medio hollywoodense, que incluyen, entre otros al mismo Steve McQuinn.
El trabajo actoral también está al servicio de la producción y cumple de modo simple su papel. Los extras contribuyen al desarrollo coreográfico general colaborando cual soldados disciplinados en cada toma. Resulta interesante aquí ver a un Jackie Chan de extra en sus primeros años recibiendo los golpes del maestro durante la liberación de los presos. (Lo que hace después este jovenzuelo en el medio cinematográfico no debe sorprendernos pues tiene absolutamente la influencia necesaria para montar sus propias historias y sus propias coreografías.)
Ante todo, incluyendo la nostalgia consabida, tenemos el ejemplo de un clásico que perdurará generación tras generación, con su debida carga emotiva que provoca al más incauto de los espectadores. Operación Dragón es ya un ícono que remite a aquellos años setenta con todo el orden social que lleva implícita tal década.
Filosóficamente hablando Bruce Lee abre las puertas hacia un mundo aún inexplorado en ese entonces, pero que en la actualidad goza de generosa salud y tiene para muchos años más.
OPERACIÓN DRAGÓN
(ENTER THE DRAGON)
Estados Unidos, 1973
Dirección: Robert Clouse
Guión: Michael Allin
Reparto: Bruce Lee, John Saxon, Ahna Capri
(ENTER THE DRAGON)
A más de treinta años de su última película, Bruce Lee es toda una leyenda en el medio de las artes marciales y un referente obligado para el género.
Maestro estricto en su disciplina deportiva, también lo es en el plano actoral y detrás de la cámara. Así mismo plantea y replantea las coreografías de cada una de las escenas que implican lucha entre dos o más contendientes, como establece los encuadres que definirán la composición de sus películas.
El caso específico de Operación Dragón, que vio la luz allá por el año de 1973, y que el propio Bruce Lee no presenció en su estreno, representa un icono dentro de la cinematografía mundial y, es a la fecha, punto de partida para los nuevos realizadores que se incluyen en el género de las artes marciales. Jet Li o Jackie Chan, Chuck Norris en su momento o el propio Jean Claude Van Damme, han recreado o retomado al menos algunas secuencias que se vieron por primera vez en esta gran película, que por cierto ya tiene elementos de producción hollywoodense, a diferencia de las primeras realizaciones de Lee que fueron llevadas a cabo en Hong Kong básicamente.
Hubo que conjugar un gran número de elementos para llevar a buen término esta historia original, que si bien no es secuela de ninguna otra realización de Lee, tiene su marca implícita. Posee la carga filosófica de las artes marciales que a su vez contiene toda una tradición milenaria oriental, basada en la eterna lucha entre el bien y el mal.
Operación Dragón transcurre fiel a este precepto. Por un lado, el bien representado por nuestro protagonista, que está del lado de la justicia y que es reclutado por el jefe de una policía que no ha podido resolver el caso ya arraigado de lenocinio por parte de un villano que ha sabido encubrir sus actividades ilegales dentro de una isla de difícil acceso. Y es precisamente este personaje quien le da cabida a nuestro fiel protagonista al organizar un torneo de artes marciales en su isla privada con el fin de divertirse.
El jefe de la policía infiltra a Lee como participante de dicho torneo para de ese modo tener información de primera mano acerca de la actividades proxenetas y de producción y distribución de estupefacientes en tal lugar. Junto con él, pero sin saber el verdadero sentido de incursión en el torneo, acuden los mejores peleadores de diferentes partes del mundo, tanto americanos, ingleses o neozelandeses, incluyendo a un viejo conocido del señor Lee que años atrás provocó el suicidio de su hermana, y por supuesto, qué mejor momento para de paso, aprovechar una posible venganza.
El trayecto hacia la isla ofrece una secuencia que sirve de pretexto para conocer las características de los demás protagonistas. Tanto sus virtudes físicas, luchísticas o mentales son conocidas por el espectador en esta especie de barcaza que los transporta sobre las aguas del río amarillo, para de ese modo, tomar partido y preferencia por alguno de ellos.
La llegada a la isla es motivo de agasajo por parte del anfitrión que no ha cejado en su afán por mantener impune su núcleo de poder a base de derroche ostentoso de viandas. Las hostilidades comienzan al día siguiente. Se enfrentan de acuerdo a un rol preestablecido del cual resulta el esperado encuentro de viejos conocidos.
Lee da cuenta de su oponente saldando una deuda familiar pendiente. Sin esto, no hubiese sido posible la concentración hacia la tarea por la cual fue enviado a la isla. Nuestro héroe hurga los lugares recónditos a medianoche para descubrir lo ya conocido, una impresionante red de tráfico de estupefacientes y trata de blancas.
Descubierto y confundido por los guardias, el anfitrión ofrece una lección al sacrificar a uno de los contendientes que le parecía sospechoso. Ante este hecho Lee parece no inmutarse, puesto que se trata de una baja en la batalla contra la injusticia, que a final de cuentas es el objetivo primordial.
La liberación de los presos no se hace esperar y comienza la contienda final de todos contra todos. Educados con la filosofía oriental, absolutamente el regimiento completo, hombres y mujeres, tienen nociones de artes marciales. Por supuesto, el pez gordo está reservado para el señor Lee.
Una de las secuencias más memorables, para mi gusto, se realiza en el cuarto de los espejos. Las garras con las que se vale el antagónico para pelear son un protagonista más en el final. No podría ser de otro modo, la sangre que emana de las heridas provocadas por los muñones metálicos, acentúa la ira y la sed de justicia del personaje encarnado por Bruce Lee. Al verse inmerso en ese espacio asfixiante donde su propio reflejo le revela lo que él mismo ha llegado a ser, le cuesta trabajo contender no contra su oponente, sino contra sus propios miedos, aunque en la pantalla se da muestra de lo contrario.
Una patada, de esas que sólo Bruce Lee es capaz de dar, termina con el tirano que sucumbe atravesado por su lanza, previamente encajada en la pared. La policía hace su aparición, la torpeza del escuadrón no ha sido obstáculo para el desenlace de esta historia que se ha mantenido, a lo largo del tiempo como una de las favoritas de los amantes de las artes marciales.
Bruce Lee encarga la dirección de esta película a alguien que sabía exactamente con precisión lo que se necesitaba plasmar en la pantalla. Involucrado y coordinado hasta el mínimo detalle con Robert Clouse, se dan a la tarea de establecer primeramente un guión acorde a las posibilidades del nuevo género que surgiría en Hollywood a partir de este filme.
En realidad, la trama no ofrece más allá de una historia de espionaje con cierta carga de adrenalina que ofrece el boxeo chino. Coreografiada de manera meticulosa, tal como lo había hecho Lee en anteriores ejercicios fílmicos, la película muestra la lucha entre el bien y el mal, donde nuestro héroe representa las bondades de la humanidad y donde se privilegia el aspecto mental de todo hombre cabal.
El guión se traduce en una serie de Flash Backs que van ligando la historia desentrañándola a partir de secuencias abiertas que ubican al espectador en ciertos momentos que viven los personajes, para de ese modo ir descubriendo la breve historia que pesa sobre sus hombros y el posible desenlace de la misma en cada uno de ellos.
Las tomas son en su mayoría abiertas. El trabajo fotográfico no es nada del otro mundo. La paleta de colores es vasta y se consigue con ello dar cuenta de las dimensiones, en su momento, de la isla, dando la impresión de magnificencia terrenal. En el caso del viaje sobre la barca que conducirá a los peleadores al destino referido, se aprovechan las cualidades de luz en río abierto.
Los encuadres de las contiendas son meticulosos en función del despliegue técnico-plástico que intenta mostrar Bruce Lee acerca de las virtudes del boxeo chino y la destreza con que se puede ejercitar esta disciplina; es decir, la cámara está al servicio de las artes marciales. Cada toma es repetida una y otra vez si es que el resultado no es satisfactorio y convincente desde el punto de vista de la veracidad en los golpes.
Lee es exigente. Sabe lo que busca. Tiene que demostrar al mundo, con esta producción, lo que es capaz de hacer con su mente, manos y pies. Y sin quererlo realmente, ni darse cuenta, está creando una escuela que a la larga dará sus frutos con los alumnos más reconocidos del medio hollywoodense, que incluyen, entre otros al mismo Steve McQuinn.
El trabajo actoral también está al servicio de la producción y cumple de modo simple su papel. Los extras contribuyen al desarrollo coreográfico general colaborando cual soldados disciplinados en cada toma. Resulta interesante aquí ver a un Jackie Chan de extra en sus primeros años recibiendo los golpes del maestro durante la liberación de los presos. (Lo que hace después este jovenzuelo en el medio cinematográfico no debe sorprendernos pues tiene absolutamente la influencia necesaria para montar sus propias historias y sus propias coreografías.)
Ante todo, incluyendo la nostalgia consabida, tenemos el ejemplo de un clásico que perdurará generación tras generación, con su debida carga emotiva que provoca al más incauto de los espectadores. Operación Dragón es ya un ícono que remite a aquellos años setenta con todo el orden social que lleva implícita tal década.
Filosóficamente hablando Bruce Lee abre las puertas hacia un mundo aún inexplorado en ese entonces, pero que en la actualidad goza de generosa salud y tiene para muchos años más.
OPERACIÓN DRAGÓN
(ENTER THE DRAGON)
Estados Unidos, 1973
Dirección: Robert Clouse
Guión: Michael Allin
Reparto: Bruce Lee, John Saxon, Ahna Capri